¿Quieres ser un gran científico? ¿Ser reconocido mundialmente? ¿Crear inventos que salven a la humanidad? Pues bien, existe un truco sencillo e infalible. Pero por supuesto que no lo revelaremos en este texto introductorio. Para saber más, debes entrar a leer esta nota, otra más de la sección más sensacionalista de NeoTeo. ¡No te la pierdas!
En la mitología griega, a las musas se las consideraba como inspiradoras del arte y de las ciencias. Eran nueve, y particularmente la musa Urania, hija de Zeus y Mnemósine, era la que inspiraba a todo aquel que se adentrara en las ciencias exactas y la astronomía. Pero, como dice el malhumorado pensador Sergio Fabián Nepo: “La musa es un invento de los vagos para no tener que trabajar y quedarse esperando que el destino les resuelva todo“.
Existen en la historia grandes ejemplos de científicos que aplicaban el método de este gran pensador. Uno de ellos, tal vez el más destacable, fue Thomas Alva Edison. La cámara de cine, la lámpara incandescente, el fonógrafo, el sistema de voto automático, la electrólisis… En total, patentó la friolera de ¡2.332 inventos!
Definitivamente, estas no eran invenciones solo producto de una mente inspirada, sino más bien de una mente metódica. Él mismo confesaba dormir no más de 4 horas por día. Tal vez, en forma un poco extremista, consideraba que dormir era una pérdida de tiempo. De hecho, asociaba su invención de la lámpara incandescente con el hecho de poder mantenernos despiertos “aún cuando el sol se hubo retirado“.
Más tarde, don Tomás comentaría que “la gente hace más de lo necesario en cuestiones poco prácticas. Así como las personas comen más de lo necesario, también duermen más de lo necesario“. Para él, cada minuto adicional era una forma decomprarle tiempo al destino para dedicárselo a seguir transpirando en busca de nuevas invenciones.
Otro ejemplo: Jonas Salk, el inventor de la vacuna preventiva de la poliomielitis, no recibió un día la visita de la musa inspiradora que le dictó la fórmula al oído. Si bien le daba gran protagonismo a su intuición, es posible seguir su proceso de investigación a través de más de los 20.000 folios que dejó en cerca de 600 cajas, donde registraba paso por paso, a través de los años, cada uno de los experimentos que lo llevó a su ¿descubrimiento?
Tal vez descubrimiento sea una palabra engañosa en estos casos. Cuando algo es producto de un trabajo de investigación metódico, más bien podríamos hablar de consecuencia. Ya lo decía mi profesor de Piano: “Tocar bien está en relación directa con el factor CS: cantidad de horas Culo-Silla“. (Sí: por si no estaban al tanto, estudio música porque tengo una banda, pueden hacer click aquí y poner “Me gusta” en la página de Facebook).
Aunque siempre hay alternativas de alcanzar la fama como científicos (en un To bit anterior hablábamos de cómo conseguirlo sin trabajar demasiado).
A decir verdad, no soy partidario del trabajo. Más bien de la vagancia. Pero estemos seguros de que, salvo algunas excepciones la mayoría de los inventos que revolucionan al mundo, las grandes obras artísticas… no fueron hechas por vagos. Salvo en contados casos de genios excepcionales, lo que más puede garantizar el éxito es la transpiración, mucho antes que la inspiración… ¿Tú que piensas?
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viernes, 29 de noviembre de 2013
viernes, 15 de noviembre de 2013
Genética, la tecnología que precedió a la ciencia
Se suele decir que la tecnología es hija de la ciencia, en el sentido de que los descubrimientos científicos hacen posibles los desarrollos tecnológicos. Esto no es del todo correcto; pensemos en los avances en el campo de la astronomía gracias a la sofisticada tecnología de satélites y telescopios, por poner un ejemplo.
También en el campo de la genética se han desarrollado tecnologías que han permitido un incremento sustancial en los conocimientos de la propia ciencia, como la técnica de la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR), omnipresente en los laboratorios de genética.
Pero no es a este tipo de relación entre tecnología y ciencia lo que os quería comentar por aquí, sino al hecho de que la humanidad comenzó a manipular genes miles de años antes de que nadie sospechara siquiera su existencia.
Para entenderlo conviene que nos remontemos al lento deshielo que puso punto final a la última glaciación. Por aquel entonces la alimentación de nuestra especie se basaba, sobre todo, en frutos, semillas, raíces, huevos y pequeños animales como larvas e insectos, recolectados en su mayor parte por mujeres y niños. Los hombres adultos se dedicaban, con mayor o menor éxito, a la pesca y a la caza con herramientas de baja tecnología, al menos comparadas con las que conocemos en la actualidad.
Aquellos tiempos de cambio climático fueron testigos de la gran revolución que dio comienzo al Neolítico: la invención de la agricultura y la ganadería. Es posible que las sequías cada vez más intensas en el Oriente Próximo obligaran a que plantas, animales y personas se fueran concentrando en los escasos terrenos húmedos, oasis y orillas fluviales. La progresiva desertización, junto con un aumento global de la población fueron los impulsos del cambio.
Posiblemente la ganadería precedió a la agricultura. La reproducción animal es mucho más evidente para el ser humano que la vegetal. Al fin y al cabo la nuestra no deja de ser reproducción animal. Además los cazadores conocían muy bien el comportamiento de los animales que cazaban. Quizá en algunas ocasiones la caza no terminaba con la muerte del animal, sino que se capturaba una animal herido al que se le mantenía con vida, o algún ejemplar joven… evitándose su descomposición hasta el momento de comerlo. Inicialmente, una “técnica” de conservación de los alimentos. Pero seguro que no pasó mucho tiempo hasta que se decidió instar a machos y hembras a reproducirse: ganadería.
La selección genética comenzó en ese mismo momento. Es evidente que los hijos se parecen a los padres, y puestos a cruzar un macho y una hembra de un jabalí (Sus scrofa), mejor que sean poco agresivos, por si las moscas. Y gordos, porque al fin y al cabo nos interesa su carne. Generación tras generación aquellos jabalíes, similares a los que corretean por nuestros campos, se han transformado en la gran variedad de razas de cerdo actuales a base de una selección inconsciente de genes seleccionando de forma consciente las características que más interesaban. Algo parecido se hizo con los muflones (Ovis musimon y Ovis vignei), a los que hemos modificado genéticamente desde hace unos once mil años hasta conseguir lo que ahora llamamos ovejas y carneros.
Un muflón. Así eran las primeras ovejas
Los ganaderos siempre han seleccionado machos y hembras con las características deseadas para que las transmitieran a la descendencia. Los agricultores no podían hacer eso hasta hace relativamente poco tiempo, porque la reproducción vegetal les resultaba misteriosa. No podían seleccionar una planta masculina y una planta femenina, pero eso no fue ninguna traba para la mejora genética de las especies cultivadas. Los agricultores seleccionaban embriones en forma de semilla. De una forma muy sensata que se sigue utilizando hoy en día. Cuando un aficionado a la horticultura se come un melón soso tira las semillas; cuando disfruta de un melón sabroso las guarda para simiente, aunque no tenga ningún conocimiento de genética. Supone que tiene más posibilidades de obtener melones sabrosos, y acierta. Lo mismo suponían -y también acertaban- los antiguos egipcios, los primeros que cultivaron la conocida cucurbitácea. Seguro que ellos comían melones más pequeños y amargos que los actuales; gracias a ellos y a quienes continuaron su cultivo disfrutamos de los melones actuales.
En definitiva, ganaderos y agricultores pusieron en marcha desde el principio una selección genética que iba a perdurar hasta la actualidad. Si comparamos las características de aquellos primeros animales sometidos a crianza con sus descendientes actuales, el resultado de esa selección artificial salta a la vista. Todavía podemos encontrar muflones en los bosques de montaña de buena parte de Europa. Los machos de esta especie, cubierta de pelo y no de suave lana, superan con facilidad los 50 km/h y lucen unos cuernos de hasta 80 cm. O qué decir de las gallinas, a las que un día califiqué de monstruos.
También las plantas cultivadas han experimentado grandes cambios. El arroz, el trigo y el maíz, que en la actualidad representan la mayor parte de la ingesta calórica mundial para nuestra especie, apenas se parecen en nada a sus antepasados silvestres. Por ejemplo el maíz moderno es tan diferente de su predecesor, el teosinte, que sólo cuando las pruebas genéticas lo confirmaron se aceptó definitivamente el parentesco entre ambos. Los antiguos campesinos de Centroamérica trataban de retener los atributos que les interesaban en las plantas silvestres (por ejemplo las que soportaban bien la sequía, o las que tenían más semillas) mediante cruzamientos que daban lugar a nuevas plantas. De esta manera y a pesar de la aleatoriedad de este proceso, modificaron genéticamente al teosinte, de forma que éste pasó a tener un único tallo en lugar de varios, se hizo más alto, engrosó considerablemente sus granos, aumentó el número de granos en cada espiga y perdió la capacidad de soltar el grano, cosa que cualquiera puede comprobar por sí mismo: los granos se aferran a la mazorca como si les fuera la vida en ello. Esta última variación artificial se me antoja especialmente llamativa, pues lo es contra natura: la misión de las semillas es alejarse entre sí y de la planta madre, buscando que la especie se disperse por el mayor territorio posible.
Todos estos son ejemplos de selección genética inconsciente, de la utilización de una tecnología -la genética- de la que no se tiene ni la más mínima sospecha de cómo funciona. Hasta que a finales del siglo XIX un monje llamado Gregor Mendel, aficionado a la jardinería, se puso a cruzar de forma sistemática plantas de guisantes fijándose en caracteres concretos y vislumbró el modo en que se transmiten los factores hereditarios (hoy les llamamos genes) a lo largo de las generaciones.
Con Mendel nació la genética como ciencia; más de diez mil años después de que la manipuláramos en nuestro beneficio, de que empezáramos a utilizarla como tecnología. Hoy, y gracias a los enormes avances conseguidos en el campo de la genética, sabemos utilizar una herramienta de la que disponemos, por fin, del manual de instrucciones. Ahora podemos decidir qué caracteres concretos aparecerán en la siguiente generación introduciendo los genes que los codifican. También caracteres que jamás aparecerían mediante la selección tradicional. Indudablemente se trata de una impresionante ventaja; sin embargo hay quien asegura que esta tecnología supone una peligrosa aberración. Siempre y en todos los casos. Pero esa es otra historia.
También en el campo de la genética se han desarrollado tecnologías que han permitido un incremento sustancial en los conocimientos de la propia ciencia, como la técnica de la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR), omnipresente en los laboratorios de genética.
Pero no es a este tipo de relación entre tecnología y ciencia lo que os quería comentar por aquí, sino al hecho de que la humanidad comenzó a manipular genes miles de años antes de que nadie sospechara siquiera su existencia.
Para entenderlo conviene que nos remontemos al lento deshielo que puso punto final a la última glaciación. Por aquel entonces la alimentación de nuestra especie se basaba, sobre todo, en frutos, semillas, raíces, huevos y pequeños animales como larvas e insectos, recolectados en su mayor parte por mujeres y niños. Los hombres adultos se dedicaban, con mayor o menor éxito, a la pesca y a la caza con herramientas de baja tecnología, al menos comparadas con las que conocemos en la actualidad.
Aquellos tiempos de cambio climático fueron testigos de la gran revolución que dio comienzo al Neolítico: la invención de la agricultura y la ganadería. Es posible que las sequías cada vez más intensas en el Oriente Próximo obligaran a que plantas, animales y personas se fueran concentrando en los escasos terrenos húmedos, oasis y orillas fluviales. La progresiva desertización, junto con un aumento global de la población fueron los impulsos del cambio.
Posiblemente la ganadería precedió a la agricultura. La reproducción animal es mucho más evidente para el ser humano que la vegetal. Al fin y al cabo la nuestra no deja de ser reproducción animal. Además los cazadores conocían muy bien el comportamiento de los animales que cazaban. Quizá en algunas ocasiones la caza no terminaba con la muerte del animal, sino que se capturaba una animal herido al que se le mantenía con vida, o algún ejemplar joven… evitándose su descomposición hasta el momento de comerlo. Inicialmente, una “técnica” de conservación de los alimentos. Pero seguro que no pasó mucho tiempo hasta que se decidió instar a machos y hembras a reproducirse: ganadería.
La selección genética comenzó en ese mismo momento. Es evidente que los hijos se parecen a los padres, y puestos a cruzar un macho y una hembra de un jabalí (Sus scrofa), mejor que sean poco agresivos, por si las moscas. Y gordos, porque al fin y al cabo nos interesa su carne. Generación tras generación aquellos jabalíes, similares a los que corretean por nuestros campos, se han transformado en la gran variedad de razas de cerdo actuales a base de una selección inconsciente de genes seleccionando de forma consciente las características que más interesaban. Algo parecido se hizo con los muflones (Ovis musimon y Ovis vignei), a los que hemos modificado genéticamente desde hace unos once mil años hasta conseguir lo que ahora llamamos ovejas y carneros.
Un muflón. Así eran las primeras ovejas
Los ganaderos siempre han seleccionado machos y hembras con las características deseadas para que las transmitieran a la descendencia. Los agricultores no podían hacer eso hasta hace relativamente poco tiempo, porque la reproducción vegetal les resultaba misteriosa. No podían seleccionar una planta masculina y una planta femenina, pero eso no fue ninguna traba para la mejora genética de las especies cultivadas. Los agricultores seleccionaban embriones en forma de semilla. De una forma muy sensata que se sigue utilizando hoy en día. Cuando un aficionado a la horticultura se come un melón soso tira las semillas; cuando disfruta de un melón sabroso las guarda para simiente, aunque no tenga ningún conocimiento de genética. Supone que tiene más posibilidades de obtener melones sabrosos, y acierta. Lo mismo suponían -y también acertaban- los antiguos egipcios, los primeros que cultivaron la conocida cucurbitácea. Seguro que ellos comían melones más pequeños y amargos que los actuales; gracias a ellos y a quienes continuaron su cultivo disfrutamos de los melones actuales.
En definitiva, ganaderos y agricultores pusieron en marcha desde el principio una selección genética que iba a perdurar hasta la actualidad. Si comparamos las características de aquellos primeros animales sometidos a crianza con sus descendientes actuales, el resultado de esa selección artificial salta a la vista. Todavía podemos encontrar muflones en los bosques de montaña de buena parte de Europa. Los machos de esta especie, cubierta de pelo y no de suave lana, superan con facilidad los 50 km/h y lucen unos cuernos de hasta 80 cm. O qué decir de las gallinas, a las que un día califiqué de monstruos.
También las plantas cultivadas han experimentado grandes cambios. El arroz, el trigo y el maíz, que en la actualidad representan la mayor parte de la ingesta calórica mundial para nuestra especie, apenas se parecen en nada a sus antepasados silvestres. Por ejemplo el maíz moderno es tan diferente de su predecesor, el teosinte, que sólo cuando las pruebas genéticas lo confirmaron se aceptó definitivamente el parentesco entre ambos. Los antiguos campesinos de Centroamérica trataban de retener los atributos que les interesaban en las plantas silvestres (por ejemplo las que soportaban bien la sequía, o las que tenían más semillas) mediante cruzamientos que daban lugar a nuevas plantas. De esta manera y a pesar de la aleatoriedad de este proceso, modificaron genéticamente al teosinte, de forma que éste pasó a tener un único tallo en lugar de varios, se hizo más alto, engrosó considerablemente sus granos, aumentó el número de granos en cada espiga y perdió la capacidad de soltar el grano, cosa que cualquiera puede comprobar por sí mismo: los granos se aferran a la mazorca como si les fuera la vida en ello. Esta última variación artificial se me antoja especialmente llamativa, pues lo es contra natura: la misión de las semillas es alejarse entre sí y de la planta madre, buscando que la especie se disperse por el mayor territorio posible.
Todos estos son ejemplos de selección genética inconsciente, de la utilización de una tecnología -la genética- de la que no se tiene ni la más mínima sospecha de cómo funciona. Hasta que a finales del siglo XIX un monje llamado Gregor Mendel, aficionado a la jardinería, se puso a cruzar de forma sistemática plantas de guisantes fijándose en caracteres concretos y vislumbró el modo en que se transmiten los factores hereditarios (hoy les llamamos genes) a lo largo de las generaciones.
Con Mendel nació la genética como ciencia; más de diez mil años después de que la manipuláramos en nuestro beneficio, de que empezáramos a utilizarla como tecnología. Hoy, y gracias a los enormes avances conseguidos en el campo de la genética, sabemos utilizar una herramienta de la que disponemos, por fin, del manual de instrucciones. Ahora podemos decidir qué caracteres concretos aparecerán en la siguiente generación introduciendo los genes que los codifican. También caracteres que jamás aparecerían mediante la selección tradicional. Indudablemente se trata de una impresionante ventaja; sin embargo hay quien asegura que esta tecnología supone una peligrosa aberración. Siempre y en todos los casos. Pero esa es otra historia.
miércoles, 30 de octubre de 2013
"Es difícil aplicar la metodología de búsqueda de clientes en ciencia"
El emprendedor Bob Dorf durante su
entrevista en España con MIT
Technology Review. Carlota Iglesias
(Opinno)
|
POR MARTA DEL AMO
En las últimas décadas, la sociedad ha experimentado una transformación que abarca, incluso, el modo en el que operan sus empresas. El empresario y emprendedor Bob Dorf, ha sido uno de los principales agentes de este cambio gracias al desarrollo de una metodología de captación de clientes, precursora del conocido método empresarial Lean start-up, basado en la continua revisión del modelo de negocio gracias al feedback de los clientes y consumidores. Dorf ha visitado España para presentar su nuevo libro, El manual del emprendedor.
¿Qué tipo de mentalidad se necesita para aceptar metodologías de negocio basadas en ensayo y error?
El mayor desafío en la cultura española es que no hay lugar para el fracaso. Quien falla está estigmatizado de por vida, lo cual es terrible. Por el contrario, esta metodología se basa, precisamente, en detectar los fallos de una empresa. Y esto se consigue, precisamente, a base de equivocarse en pequeños aspectos, mejorarlos y seguir buscando errores una y otra vez. Para generar un cambio cultural que favorezca esta forma de proceder es necesario cambiar las leyes para que se puedan crear nuevos negocios exentos de multas para que, en caso de fracaso, se pueda intentar de nuevo.
¿Cómo se prepara a los gobiernos y a la sociedad para ello?
Probablemente, el mejor modo es mostrarles ejemplos de éxito, como el caso de la compañía Groupon, que actualmente goza de un gran éxito pero que previamente había estado al borde del cierre. Cuando se dieron cuenta de que estaban abocados al fracaso decidieron cambiar su modelo de negocio hasta el actual, basado en los descuentos. Gracias a eso, se han convertido en una compañía de miles de millones de dólares. La presentación de varios casos de éxito como este, y otros que también han tenido lugar en España, es la mejor forma.
¿Qué ventajas debe ofrecer un gobierno para facilitar que las empresas sigan este método?
Las medidas más inmediatas ni siquiera son de ámbito económico. En España, lo más necesario es facilitar y promover que cualquiera pueda invertir pequeñas cantidades de dinero en nuevas empresas, por ejemplo, a través de ventajas fiscales, sobre todo en casos de fracaso. Hay mucha gente que tiene mucho dinero, pero sólo quiere invertirlo en negocios seguros y de bajo riesgo. Generar este estímulo debería ser la primera labor del Gobierno. En segundo lugar, sería necesario reducir la cantidad de regulación que rige sobre las start-up. Estas empresas deberían estar exentas de tasas, regulaciones y otras formalidades hasta que hayan alcanzado un determinado tamaño mínimo, lo que les ayudará a aceptar ciertos riesgos y aumentará sus posibilidades de éxito.
La metodología de desarrollo de nuevos clientes está dirigida a pequeñas empresas, pero también en grandes, ¿hay compañías donde no se pueda aplicar?
En las grandes empresas no se puede aplicar a menos que el consejo asesor, la junta directiva y los inversores estén dispuestos a asumir los riesgos. Si ellos no están dispuestos, nadie podrá hacerlo. Sabemos que nueve de cada diez start-up fracasan. Para las grandes compañías esta es una cifra muy elevada, a ellas no les gusta el fracaso. Sin embargo, es necesario asumir este riesgo para poder alcanzar éxitos. Pero la tasa de unastart-up exitosa por cada nueve fallidas es una cifra muy mala para una empresa ya consolidada.
Además, el fracaso es un riesgo para la imagen de la compañía.
Bueno, se trataría de un fracaso a nivel de crecimiento, no sobre la compañía en general. El mejor ejemplo es la compañía colombiana Carvajal, valorada en 2.000 millones de dólares. En ella se llevaron a cabo 12 experimentos de start-up. Su director consideraba que si sólo una de ellas lograba generar unos ingresos de entre 50 y 100 millones de dólares en los tres años siguientes, todo el programa habría sido un éxito. Como tenían buenas ideas y un buen equipo, lo lograron con tres de ellas. Sin embargo, esta tasa de éxito representa un caso muy particular y poco común.
Las start-up lo tienen más fácil, pero deben ser valientes y asumir riesgos para que la compañía avance y consiga inversores. Sin embargo, primero es necesario asumir que la mayoría de ellas fracasarán.
¿Cuál es la diferencia entre este método y los estudios de mercado?
En los estudios de mercado se realizan entrevistas y promedios de forma masiva. A tres de cada cinco les gusta esto, cuatro de cada siete odian lo otro…. Esta metodología se basa en realizar entrevistas cara a cara, uno contra uno; hasta encontrar un público que sienta pasión por el producto y la idea. Si no puedes encontrar un núcleo de clientes con este tipo de entusiasmo no tendrás ninguna oportunidad de negocio. Esta metodología busca, también, ideas de los propios clientes para mejorar el negocio, el producto o la publicidad. Todo ello se lleva a cabo a través de intensas conversaciones para generar unfeedback aleatorio y en profundidad que no se consigue con estudios de mercado.
¿Es aplicable en ciencia donde los desarrollos tardan años en crearse?
Hay dos áreas donde es difícil aplicar esta metodología. Una es la industria investigadora y farmacéutica. Cuando tardas cinco o diez años en desarrollar un producto, como la cura contra la malaria, tu preocupación no serán los clientes, porque los tendrás a miles y crearás un mundo mejor. No hay riesgo a nivel de clientes, sino de innovación. Nosotros, sin embargo, no somos lo suficientemente inteligentes como para aconsejar cómo puede mejorarse la innovación, sólo para enseñar a conseguir clientes.
Hay un rango desde donde la metodología se puede aplicar fácilmente hasta otro donde es muy complicado. En la zona fácil, un negocio puede transformarse en sólo media hora, modificando las propuestas o las presentaciones, por ejemplo. En esta zona se incluyen las páginas web, los desarrolladores y programadores de software… En el otro extremo, por ejemplo, se encuentra la construcción de aviones, donde es muy difícil conseguir unfeedback del cliente.
Entonces, ¿los sectores a los que les resulta complicado deberían mantenerse como están?
Podrían aplicar la metodología en las primeras etapas, antes de haber construido nada. Podrían atacar a las especificaciones del proyecto en abstracto y preguntar a sus clientes su opinión sobre ellas, antes de llevar el proyecto a cabo. Hay muy pocas compañías en las que la voz del cliente no sirva para mejorarlas. Sólo se trata de saber cuánto se tarda y cuánto cuesta.
¿Cuántas compañías están aplicando el método?
No tenemos números concretos, pero sí, ejemplos muy anecdóticos. Sabemos se está enseñando en más de 200 universidades sólo en Estados Unidos. La Fundación Nacional de Ciencia de EEUU, actualmente, está financiando la formación en esta metodología de 400 equipos de científicos para que puedan crear negocios basados en sus investigaciones científicas. Esta financiación supone una inversión de 50.000 dólares (más de 36.000 euros) para crear negocios basados en la investigación. Además, el libro se ha traducido a una multitud de idiomas y conocemos ejemplos de su aplicación en todo el mundo.
¿Podrían usarlo también los gobiernos en sus políticas?
Hemos visto, sobre todo en Colombia, que el Gobierno está invirtiendo dinero en entrenar a empresarios del país para aplicar esta metodología con el objetivo de acelerar la creación de nuevas empresas. No sólo pretenden entrenarles a ellos, sino también demostrar a las pequeñas start-up los beneficios que pueden obtener gracias a la aplicación de la metodología. MIT
¿Qué tipo de mentalidad se necesita para aceptar metodologías de negocio basadas en ensayo y error?
El mayor desafío en la cultura española es que no hay lugar para el fracaso. Quien falla está estigmatizado de por vida, lo cual es terrible. Por el contrario, esta metodología se basa, precisamente, en detectar los fallos de una empresa. Y esto se consigue, precisamente, a base de equivocarse en pequeños aspectos, mejorarlos y seguir buscando errores una y otra vez. Para generar un cambio cultural que favorezca esta forma de proceder es necesario cambiar las leyes para que se puedan crear nuevos negocios exentos de multas para que, en caso de fracaso, se pueda intentar de nuevo.
¿Cómo se prepara a los gobiernos y a la sociedad para ello?
Probablemente, el mejor modo es mostrarles ejemplos de éxito, como el caso de la compañía Groupon, que actualmente goza de un gran éxito pero que previamente había estado al borde del cierre. Cuando se dieron cuenta de que estaban abocados al fracaso decidieron cambiar su modelo de negocio hasta el actual, basado en los descuentos. Gracias a eso, se han convertido en una compañía de miles de millones de dólares. La presentación de varios casos de éxito como este, y otros que también han tenido lugar en España, es la mejor forma.
¿Qué ventajas debe ofrecer un gobierno para facilitar que las empresas sigan este método?
Las medidas más inmediatas ni siquiera son de ámbito económico. En España, lo más necesario es facilitar y promover que cualquiera pueda invertir pequeñas cantidades de dinero en nuevas empresas, por ejemplo, a través de ventajas fiscales, sobre todo en casos de fracaso. Hay mucha gente que tiene mucho dinero, pero sólo quiere invertirlo en negocios seguros y de bajo riesgo. Generar este estímulo debería ser la primera labor del Gobierno. En segundo lugar, sería necesario reducir la cantidad de regulación que rige sobre las start-up. Estas empresas deberían estar exentas de tasas, regulaciones y otras formalidades hasta que hayan alcanzado un determinado tamaño mínimo, lo que les ayudará a aceptar ciertos riesgos y aumentará sus posibilidades de éxito.
La metodología de desarrollo de nuevos clientes está dirigida a pequeñas empresas, pero también en grandes, ¿hay compañías donde no se pueda aplicar?
En las grandes empresas no se puede aplicar a menos que el consejo asesor, la junta directiva y los inversores estén dispuestos a asumir los riesgos. Si ellos no están dispuestos, nadie podrá hacerlo. Sabemos que nueve de cada diez start-up fracasan. Para las grandes compañías esta es una cifra muy elevada, a ellas no les gusta el fracaso. Sin embargo, es necesario asumir este riesgo para poder alcanzar éxitos. Pero la tasa de unastart-up exitosa por cada nueve fallidas es una cifra muy mala para una empresa ya consolidada.
Además, el fracaso es un riesgo para la imagen de la compañía.
Bueno, se trataría de un fracaso a nivel de crecimiento, no sobre la compañía en general. El mejor ejemplo es la compañía colombiana Carvajal, valorada en 2.000 millones de dólares. En ella se llevaron a cabo 12 experimentos de start-up. Su director consideraba que si sólo una de ellas lograba generar unos ingresos de entre 50 y 100 millones de dólares en los tres años siguientes, todo el programa habría sido un éxito. Como tenían buenas ideas y un buen equipo, lo lograron con tres de ellas. Sin embargo, esta tasa de éxito representa un caso muy particular y poco común.
Las start-up lo tienen más fácil, pero deben ser valientes y asumir riesgos para que la compañía avance y consiga inversores. Sin embargo, primero es necesario asumir que la mayoría de ellas fracasarán.
¿Cuál es la diferencia entre este método y los estudios de mercado?
En los estudios de mercado se realizan entrevistas y promedios de forma masiva. A tres de cada cinco les gusta esto, cuatro de cada siete odian lo otro…. Esta metodología se basa en realizar entrevistas cara a cara, uno contra uno; hasta encontrar un público que sienta pasión por el producto y la idea. Si no puedes encontrar un núcleo de clientes con este tipo de entusiasmo no tendrás ninguna oportunidad de negocio. Esta metodología busca, también, ideas de los propios clientes para mejorar el negocio, el producto o la publicidad. Todo ello se lleva a cabo a través de intensas conversaciones para generar unfeedback aleatorio y en profundidad que no se consigue con estudios de mercado.
¿Es aplicable en ciencia donde los desarrollos tardan años en crearse?
Hay dos áreas donde es difícil aplicar esta metodología. Una es la industria investigadora y farmacéutica. Cuando tardas cinco o diez años en desarrollar un producto, como la cura contra la malaria, tu preocupación no serán los clientes, porque los tendrás a miles y crearás un mundo mejor. No hay riesgo a nivel de clientes, sino de innovación. Nosotros, sin embargo, no somos lo suficientemente inteligentes como para aconsejar cómo puede mejorarse la innovación, sólo para enseñar a conseguir clientes.
Hay un rango desde donde la metodología se puede aplicar fácilmente hasta otro donde es muy complicado. En la zona fácil, un negocio puede transformarse en sólo media hora, modificando las propuestas o las presentaciones, por ejemplo. En esta zona se incluyen las páginas web, los desarrolladores y programadores de software… En el otro extremo, por ejemplo, se encuentra la construcción de aviones, donde es muy difícil conseguir unfeedback del cliente.
Entonces, ¿los sectores a los que les resulta complicado deberían mantenerse como están?
Podrían aplicar la metodología en las primeras etapas, antes de haber construido nada. Podrían atacar a las especificaciones del proyecto en abstracto y preguntar a sus clientes su opinión sobre ellas, antes de llevar el proyecto a cabo. Hay muy pocas compañías en las que la voz del cliente no sirva para mejorarlas. Sólo se trata de saber cuánto se tarda y cuánto cuesta.
¿Cuántas compañías están aplicando el método?
No tenemos números concretos, pero sí, ejemplos muy anecdóticos. Sabemos se está enseñando en más de 200 universidades sólo en Estados Unidos. La Fundación Nacional de Ciencia de EEUU, actualmente, está financiando la formación en esta metodología de 400 equipos de científicos para que puedan crear negocios basados en sus investigaciones científicas. Esta financiación supone una inversión de 50.000 dólares (más de 36.000 euros) para crear negocios basados en la investigación. Además, el libro se ha traducido a una multitud de idiomas y conocemos ejemplos de su aplicación en todo el mundo.
¿Podrían usarlo también los gobiernos en sus políticas?
Hemos visto, sobre todo en Colombia, que el Gobierno está invirtiendo dinero en entrenar a empresarios del país para aplicar esta metodología con el objetivo de acelerar la creación de nuevas empresas. No sólo pretenden entrenarles a ellos, sino también demostrar a las pequeñas start-up los beneficios que pueden obtener gracias a la aplicación de la metodología. MIT
viernes, 31 de mayo de 2013
La obsesión de Dalí por una musa llamada ciencia
A pesar de ser la protagonista de la mayoría de las obras de su marido, Gala tuvo una dura competidora, la ciencia. En el universo surrealista de Salvador Dalí, los temas recurrentes de sus lienzos, como Dios, la guerra y el sexo, convivían con los hallazgos de la física, la matemática, la psicología y la biología del siglo XX. SINC ha hablado con tres personas que lo conocieron para averiguar qué peso tuvo la ciencia en su arte. Laura Chaparro - SINC
En sus últimos años de vida, al anciano Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) le costaba mucho esfuerzo leer. Por eso, Montserrat Aguer se convirtió en su lectora. La hoy directora del Centro de Estudios Dalinianos de la Fundación Gala-Salvador Dalí le leía las obras que el artista pedía, entre ellas, la revista Scientific American, puntera en información científica. “Mostraba un gran interés por su contenido”, confiesa Aguer a SINC. Por eso, no es de extrañar que, cuando falleció, en su mesilla de noche descansara el libroWhat is life?, del físico Erwin Schrödinger.
“No podemos entender la obra de Dalí en su totalidad sin la influencia de la ciencia”, asegura Aguer, comisaria de la exposición Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas, que se muestra estos días en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid).
La curiosidad científica no fue una pasión tardía del artista, y hay documentos gráficos de 1927 que así lo corroboran. En una fotografía en blanco y negro, Salvador Dalí, con 23 años, posa junto a su amigo Federico García Lorca y un grupo de escritores de la revista L’Amic de les Arts. Bajo el brazo el artista sostiene el número de junio de Science and Invention.
“Esta imagen indica que Dalí estaba muy atento a la actualidad científica desde muy joven”, explica a SINC el físico Jorge Wagensberg, director científico de la Obra Social “La Caixa”. El pintor estaba suscrito a numerosas revistas científicas y su biblioteca la formaban decenas de libros de física, matemáticas, biología y psicología, con anotaciones en los márgenes y preguntas que el mismo Dalí se encargaba de trasladar a los científicos.
En 1985, Wagensberg, joven físico de la Universidad de Barcelona, organizó un debate titulado ‘Cultura y ciencia: determinismo y libertad’. “Cuando Dalí se enteró, me invitó a celebrarlo en su Museo, en Figueres (Girona)”, afirma. Investigadores, filósofos, escritores y artistas componían el selecto público del simposio, al que asistieron premios Nobel y otros científicos de primer nivel como Ilya Prigogine, Peter Landsberg, Günter Ludwig, René Thom y Ramón Margalef.
Dalí, con un estado de salud delicado, contempló todas las ponencias a través de un televisor y saludó uno a uno a los participantes. Cuestiones trascendentales como las leyes de la naturaleza, el tiempo o el azar fueron algunos de los temas que allí se abordaron, todos ellos tratados por el artista durante su carrera. Una carrera a través de la cual se pueden analizar los principales hallazgos científicos del siglo XX.
Su 'padre’ Freud
Madrid, década de los veinte. El ambiente de la Residencia de Estudiantes, donde Dalí vivió unos años, fue el escenario perfecto para que a su interés artístico se uniera el científico. Por sus pasillos pasaron figuras de la talla de Marie Curie, Albert Einstein y Santiago Ramón y Cajal, y entre sus compañeros se encontraba un jovencísimo Severo Ochoa.
Fue en esos años cuando Salvador empezó a mostrar interés por las teorías de Sigmund Freud y convirtió La interpretación de los sueños en su libro de cabecera. Incluso llegó a definir a Freud como ‘su padre’. La preocupación por el subconsciente que plasmó en sus obras y el interés por la física de Einstein le sumergieron de lleno en el movimiento surrealista.
Una de sus obras más conocidas, La persistencia de la memoria (1931) bebe de estas dos corrientes. “Sus relojes blandos evocan claramente la teoría de la relatividad de Einstein y la distorsión espacio-temporal que describe”, afirma Andrés Aragoneses, profesor del departamento de Física y Energía Nuclear de la Universidad Politécnica de Cataluña. Sin embargo, en el congreso celebrado en Figueres en 1985 sobre cultura y ciencia, Dalí, haciendo gala de su ironía, desmintió esta hipótesis y afirmó que simplemente trataba de imitar la caída de los quesos camembert bajo los rayos del sol.
Otra de sus pinturas más atrevidas, El gran masturbador (1929), presenta elementos de claro simbolismo psicoanalítico y autobiográfico, al evidenciar una de sus obsesiones: el sexo. Años después de pintarlos, el artista hizo realidad uno de sus sueños y conoció en persona a Freud. El 19 de julio de 1938, en Londres, Dalí pintó un retrato del científico. Freud lo definió como un “fanático” porque se empeñó en que se leyera su tesis sobre el método paranoico crítico, inspirado en las teorías freudianas y con el que dibujaba imágenes dobles basadas en su mundo interior.
En la misma línea, Dalí plasmó los principios de la física cuántica. “En esas obras en que, según se miren, se ve una cosa u otra, se refleja claramente un complejo y abstracto concepto de física: el principio de incertidumbre de Heisenberg”, apunta Aragoneses.
De la física cuántica a la nuclear
Pero sería otro tipo de física, la nuclear, la que sacudiría por completo al artista. Así se lo reconoció al escritor André Parinaud: “La explosión atómica del 6 de agosto de 1945 me había estremecido sísmicamente. Desde aquel momento, el átomo fue mi tema de reflexión preferido”. Tras lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki, Dalí comenzó a plasmar la materia descomponiéndose en numerosas obras y desarrolló su conocida pintura corpuscular, difícilmente separable del misticismo religioso.
El espectador que vea alguno de sus cuadros de este período se preguntará por qué aparece constantemente un cuerno de rinoceronte fragmentado. Dalí lo utilizó porque seguía una espiral logarítmica perfecta. De esta época son La Madonna de Port Lligat (1950) y Cabeza rafaelesca estallada (1951).
Emulando a los más grandes del Renacimiento, en medio de su fiebre nuclear se enfrascó en uno de sus cuadros más complejos, Leda atómica (1949), para el que se estudió a fondo el tratado de la divina proporción de Luca Pacioli. En él, la imagen de Gala se transforma en Leda, un personaje mitológico griego, que parece flotar sin tocarse con ningún otro elemento. Se trata de una maravilla geométrica, inapreciable a simple vista, en la que Dalí, con la ayuda del matemático Matila Ghyka, consiguió sintetizar la tradición pitagórica respetando la proporción áurea.
Esta obra avivó su interés por las matemáticas, y no paró hasta plasmar las complejas cuatro dimensiones en la cruz del Corpus hypercubus (1954). Supondría el inicio de una fructífera amistad con Thomas Banchoff, matemático de la Universidad Brown (EEUU). “Nuestra relación fue de respeto mutuo. Nos tratábamos con seriedad, nos escuchábamos e intentábamos comunicarnos con claridad”, recuerda Banchoff a SINC.
En 1975, el matemático, que aún no conocía a Dalí en persona, ilustró un artículo sobre geometría hipercúbica en el Washington Post con una de sus obras. Dalí lo leyó y le pidió una entrevista en el hotel de Nueva York en el que vivía, el St. Regis, donde compartieron puntos de vista sobre la cuarta dimensión. Veinte años antes de este encuentro, Dalí ya había plasmado estas 4D en su cruz hipercúbica.
La anticipación del artista no extraña a los que lo conocieron, que destacan en él su intuición. “Un científico tiene una idea pero no siempre se da cuenta de lo esencial y además, tiene que convencer a los demás. Dalí reunía estos tres rasgos: tenía la idea, se daba cuenta y convencía. Se dio cuenta de la teoría fractal antes que Benoît Mandelbrot, como él mismo reconoció después”, apunta Wagensberg.
El segundo más listo escribe al primero
Uno de los descubrimientos más trascendentes de la historia estaba a punto de llegar. El 25 de abril de 1953, la revista Naturepublicó un artículo de James Watson y Francis Crick en el que describían la arquitectura de la estructura molecular del ADN, que les haría ganadores de un Nobel. Darle forma a esta poderosa biomolécula, que contiene la información genética de todos los seres vivos, llevó prácticamente al éxtasis a Dalí. “¡Hoy la única estructura legítima es la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico!”, repetía ante los periodistas, le preguntaran o no por el hallazgo. Se enorgullecía de pronunciar la compleja palabra,cuyas sílabas arrastraba exageradamente.
Pintó Paisaje de mariposa (El gran masturbador en paisaje surrealista con ADN) (1957) yGalacidalacidesoxyribonucleicacid (1963), en la que Gala asiste al milagro de la vida, entre estructuras de ADN e iconos religiosos. “Esto es para mí la prueba verdadera de la existencia de Dios”, aseguró.
Meses después, en Boston, James Watson contempló el cuadro y quiso que Dalí ilustrara el libro que estaba escribiendo. Se dirigió a su hotel y le dejó una nota. “Decía más o menos: ‘el segundo hombre más listo quiere conocer al más listo’. Y bajó en diez minutos”, explicaba Watson en el documental Dimensión Dalí. En la comida que compartieron días después, el biólogo lo definió así: “Era un hombre inteligente, ya sabe. Ahora bien, cuando decía que ‘la doble hélice prueba la existencia de Dios’, él interpretaba la doble hélice a su manera, mientras que para mí era justamente lo contrario: con la doble hélice no hace falta Dios”. Finalmente Dalí no ilustró el libro, pero la biología no dejó de fascinarle.
Tras esta etapa, el artista quiso darle un aire tridimensional a sus nuevas obras. “Dalí fue pionero en la holografía artística pero se sentía decepcionado porque no era capaz de crear hologramas de diferentes colores, así que abandonó el medio a favor de la estereoscopía, en la que sí podía controlar el color y crear la ilusión de profundidad”, explica a SINC Elliott H. King, profesor de Historia del Arte de la Universidad Washington and Lee (EEUU).
Enterrado con la doble hélice
El artista catalán vivió parte de su vida entre Estados Unidos y Francia, pero en la década de los setenta destaca su relación con científicos españoles como Joan Oró, Santiago Grisolía y Severo Ochoa, compañero de la Residencia de Estudiantes. A petición de Oró y Grisolía, diseñó carteles para congresos científicos organizados en esos años.
Una de las últimas teorías que interesó al pintor fue la de las catástrofes, del matemático francés René Thom. La idea de conseguir un orden de comprensión en el desorden de la discontinuidad se le antojaba sublime, puesto que era una forma de tener seguridad frente al destino, que tanto le asustaba. El mismo Thom se enfrentó al químico Prigogine en el congreso de Figueres de 1985 y Dalí, ya muy mayor, les pidió que hicieran las paces. Era una de las batallas contra las que luchó hasta el final de sus días, porque detestaba la especialización excesiva.
Él apostaba por la unidad de artes y ciencias. Por eso, cuando un periodista de Le Figarole preguntó por qué le interesaba tanto la ciencia su respuesta fue: “Porque los artistas no me interesan casi nada. Creo que los artistas deberían tener nociones científicas para caminar sobre otro terreno, que es el de la unidad”. En opinión de Wagensberg, el espíritu de Dalí era como el de los físicos teóricos, “que persiguen unir las disciplinas, como la búsqueda de la teoría del todo o la teoría de cuerdas”.
Veinticuatro años después de su muerte, partículas como el bosón de Higgs no tienen quien las dibuje, dejando a un lado las recreaciones del CERN. Dalí lo habría hecho. A quienes lo conocieron no les cabe la menor duda. “Estaba fascinado con la física de partículas ya en sus pinturas corpusculares así que, probablemente, habría dado con una imagen para asociarla al higgs”, mantiene Banchoff.
El bosón podría haber sido el fetiche científico preferido de Dalí, pero este puesto lo ocupó la escalera de ADN. Una imagen de la doble hélice yace con él, bordada en la túnica con la que fue enterrado en su museo de Figueres. Allí descansan los restos del artista total, bajo la esfera reticular transparente ideada por él mismo, que sigue los más rigurosos principios geométricos.
El regalo a Severo Ochoa
Salvador Dalí dibujo la portada de un libro homenaje a Severo Ochoa en 1975 con motivo de su 70 cumpleaños. Tituló la obraMensajeros polinucleotídicos de Ochoa, haciendo referencia a la polinucleótido fosforilasa que le valió el Nobel de Medicina. Además, incluyó el siguiente texto:
“Dios no juega a los dados, escribió Albert Einstein mucho antes de la escalera del ADN, cuyos peldaños recorren los ángeles en el sueño de Jacob que yo tuve la noche antes de dibujar esto para Severo Ochoa; estos ángeles simbolizan los mensajeros del código genético, o las moléculas de polinucleótidos sintetizadas por primera vez en el laboratorio de Severo Ochoa. Aunque yo no soy científico, debo confesar que los acontecimientos son los únicos que guían constantemente mi imaginación, al mismo tiempo que ilustran la intuición poética de los filósofos tradicionales, hasta el punto de llegar a la belleza cegadora de ciertas estructuras matemáticas, especialmente las de los politopos y sobre todo esos sublimes momentos de abstracción que “vistos” a través del microscopio electrónico aparecen como virus de forma poliédrica regular, confirmando lo que dijo Platón: Dios siempre hace geometría”.
“Mi padre hoy es el doctor Heisenberg”
“Si los físicos producen antimateria, les está permitido a los pintores, ya especialistas en ángeles, pintarla. Durante el período surrealista, he deseado crear la iconografía del mundo interior, el mundo de lo maravilloso, de mi padre Freud; lo he logrado. En la actualidad, el mundo exterior –el de la física– ha trascendido al de la psicología. Mi padre, hoy, es el doctor Heisenberg. Con los pi-mesones y los más gelatinosos e indeterminados neutrinos deseo pintar la belleza de los ángeles y de la realidad”.
Fragmento del Manifiesto de la antimateria escrito por Salvador Dalí y publicado en 1958.
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